El problema no fue el año, fue mi criterio para evaluarlo
- Gaston Padilla
- 26 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Cuando el año termina, hago lo mismo que muchos. Miro atrás, respiro hondo y trato de ponerle una etiqueta a lo vivido.
“Fue duro.”
“Fue intenso.”
“Fue un año de aprendizaje.”
Pero con los años entendí algo incómodo: esas frases no explican nada.
Son solo una forma elegante de no profundizar.
Así que hace tiempo dejé de preguntarme si el año fue bueno o malo. Me hago una pregunta más incómoda:
¿Con qué criterio estoy evaluando lo que pasó?
Durante mucho tiempo evalué mis años desde la emoción. Desde el cansancio. Desde lo que dolió o lo que salió bien a medias.
Y eso me llevaba siempre al mismo lugar: sentirme cansado, pero no más claro.
Hasta que entendí que un año no se analiza con sensaciones, se analiza con decisiones.
No con todo lo que pasó, sino con lo poco que realmente movió la aguja.
Cuando todo parece el problema, nada lo es
Hubo años donde sentía que todo había salido mal. Proyectos, tiempos, personas, resultados.
Pero cuando me obligué a sentarme con calma, vi algo claro: el daño no venía de todo.
Venía de dos o tres decisiones clave:
Decisiones tomadas sin datos.
Decisiones por presión.
Decisiones sostenidas por orgullo.
Y ahí me cayó la ficha: no estaba fallando en hacer, estaba fallando en decidir.
Dejé de llamar “errores” a lo que eran supuestos no validados
Otro golpe de realidad fue entender esto: muchas cosas no salieron mal por errores de ejecución.
Salieron mal porque asumí cosas.
Asumí que el cliente quería eso.
Asumí que ese canal iba a funcionar.
Asumí que ese esfuerzo valía la pena.
Y nunca lo comprobé.
Desde entonces, cuando algo no funciona, ya no me digo“me equivoqué”.
Me digo:¿qué supuse que era cierto y no lo era?
El ejercicio que hago cada cierre de año (y no siempre me gusta)
Cuando cierro el año, hago un ejercicio simple, pero brutal:
Me pregunto:
¿Qué decisión volvería a tomar igual?
¿Cuál no repetiría nunca más?
¿Cuál sostuve más tiempo del debido solo por no soltar?
Las respuestas no siempre son cómodas. Pero son claras.
Y la claridad, aunque duela, descansa.
Dejé de mirar métricas que solo alimentan el ego
Hubo un tiempo donde celebraba números grandes. Más visibilidad, más movimiento, más actividad.
Hoy miro otras cosas:
¿Esto generó impacto real?
¿Esto se sostuvo o fue solo ruido?
¿Esto me acercó a donde quería ir?
Aprendí que mucho movimiento no siempre es avance.
El Lado B: cerrar el año sin culpas, pero sin mentiras
Hoy ya no me digo“hice lo que pude”.
Me digo:“esto lo hice mal, y no lo vuelvo a hacer así.”
No para castigarme. Sino para no repetirlo.
Porque entendí algo clave: el crecimiento no viene de exigirse más,viene de pensar mejor.
Cómo me preparo para el próximo año
Antes de escribir nuevas metas, hago otra cosa: elimino.
Elimino decisiones reactivas.
Elimino proyectos sin criterio.
Elimino la necesidad de justificarlo todo.
El próximo año no mejora porque empiece uno nuevo. Mejora porque yo decido distinto.
Hoy, cuando miro atrás, ya no digo“el año fue malo”.
Me digo la verdad:
el problema no fue el año, fue mi criterio para evaluarlo.
Y cambiar el criterio cambia todo.
Si este texto te resonó, probablemente no sea casualidad. Compártelo con alguien que esté cerrando el año sin hacerse las preguntas difíciles.
A veces, el mejor regalo de cierre de año es una verdad bien dicha.








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