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La historia secreta del brindis: de los gladiadores al champagne

Hay rituales que repetimos sin pensar demasiado. Encendemos velas en los cumpleaños, cruzamos los dedos cuando deseamos suerte… y levantamos una copa cuando celebramos. Pero ¿te has preguntado alguna vez por qué brindamos?


El brindis tiene más historia de la que imaginás. Y, aunque hoy lo asociamos con risas, amor y burbujas, su origen está mucho más cerca de la guerra que de la fiesta.


En la antigua Roma y Grecia, compartir una copa no era un gesto romántico, era una estrategia de supervivencia. En tiempos donde el veneno era un método común para eliminar enemigos, los anfitriones chocaban las copas con fuerza para que un poco del vino de cada uno se mezclara con el del otro.


Así, si alguien había intentado envenenar al otro… ambos sufrirían el mismo destino. El brindis, entonces, nació como un acto de confianza: “bebamos juntos, porque ninguno quiere la muerte del otro”.

Más adelante, los soldados romanos brindaban antes de entrar en batalla. Levantaban sus copas de vino (sí, incluso en el campo de guerra) y exclamaban “Propino tibi salutem”, que significaba:“Te ofrezco salud”.



Era su manera de desearse suerte y fuerza antes del caos. Y de ahí viene la costumbre moderna de decir “¡Salud!” cuando chocamos las copas. Un recordatorio de que, en el fondo, cada brindis es un deseo de vida.


Con los siglos, el brindis pasó de las trincheras a los salones. En la Edad Media, los banquetes europeos lo convirtieron en símbolo de cortesía. Y más tarde, los franceses —que todo lo vuelven arte— lo transformaron en un gesto elegante con el nacimiento del champagne.


Cuenta la historia que el monje Dom Pérignon, al probar por primera vez su creación burbujeante, exclamó:

“¡Estoy bebiendo estrellas!”

Desde entonces, esas “estrellas” se convirtieron en la bebida por excelencia de las celebraciones. El champagne no solo marcó un hito en la viticultura, sino también en el ritual del brindis: ligereza, burbujas y felicidad servidas en una copa delgada.


Hoy brindamos por amor, por nuevos comienzos, por amistades, por metas alcanzadas…pero también —y quizá sin notarlo— por lo que sigue.


Un brindis es más que un gesto social: es una pausa. Un segundo en el que el tiempo se detiene y todos miran a los ojos de los demás para decir, sin palabras,“gracias por estar aquí.”


Y eso, en una época donde corremos tanto, vale más que mil discursos.


Curiosidades que pocos saben

  • En algunos países, como Alemania, es de mala suerte brindar con agua.

  • En Francia, se mira directamente a los ojos al chocar las copas (y si no lo hacés, se dice que tendrás siete años de mala suerte amorosa).

  • En Japón, se dice “Kanpai”, que literalmente significa “secar la copa”.

  • En España, brindar sin beber después del choque se considera grosería.


Brindar no es solo levantar una copa. Es levantar la gratitud, la memoria y la esperanza. Es reconocer que, pese a todo, seguimos aquí.


Así que la próxima vez que escuches el tintinear de las copas, recordá esto: no estás solo celebrando un momento… estás honrando una historia que empezó hace más de dos mil años.


Dejame en los comentarios:

¿Con qué vino — o con quién— te gustaría brindar hoy?

Si pudieras brindar por algo más que salud o éxito… ¿por qué brindarías?


Y si conocés a alguien que disfrutaría de este tipo de historias sobre el mundo del vino, compartí este artículo e invitalo a unirse al blog #ViernesDeVino. Porque los mejores brindis siempre saben mejor cuando se comparten.


Gastón Padilla W

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